Estimada comunidad:
Con inmensa alegría y sentido de responsabilidad he aceptado compartir un pensamiento a cerca del acontecimiento que nos convoca
Todos nos preocupamos profundamente por el bien de las personas que amamos, y sabemos que de su formación depende el desarrollo de su capacidad para enfrentar la vida y de distinguir el bien y el mal. Nos importa su salud, no sólo física sino también moral.
Ahora bien, educar nunca ha sido fácil, y hoy parece ser cada vez más difícil. Lo saben bien los padres de familia, los maestros, y todos los que tienen responsabilidades educativas directas. Se habla, por este motivo, de una gran «emergencia educativa», confirmada por los fracasos que encuentran con demasiada frecuencia nuestros esfuerzos por formar persona sólidas, capaces de colaborar con los demás, y de dar un sentido a la propia vida. Entonces se echa la culpa espontáneamente a las nuevas generaciones, como si los niños que hoy nacen fueran diferentes a los que nacían en el pasado. Se habla, además de una «fractura entre las generaciones», que ciertamente existe y tiene su peso, pero es más bien el efecto y no la causa de la falta de transmisión de certezas y de valores.
Por tanto, ¿tenemos que echar la culpa a los adultos de hoy que ya no son capaces de educar? Ciertamente es fuerte la tentación de renunciar, tanto entre los padres como entre los maestros, y en general entre los educadores, e incluso se da el riesgo de no comprender ni siquiera cuál es su papel o incluso la misión que se les ha confiado.
Las responsabilidades personales de los adultos y de los jóvenes no deben esconderse, pero se enfrentan a una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien, en última instancia, de la bondad de la vida. Se hace difícil, entonces, transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles sobre lo que se puede construir para la propia vida.
Ante esta situación quisiera decirles algo muy sencillo: Todas estas dificultades son más bien, el desafío que el proceso de enseñanza – aprendizaje de la LIBERTAD nos presenta.
A diferencia de lo que sucede en el campo técnico o económico, en donde los progresos de hoy pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las personas no se da una posibilidad semejante de acumulación, pues la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación tiene que tomar nueva y personalmente sus decisiones. Incluso los valores más grandes del pasado no pueden ser simplemente heredados, tienen que ser asumidos y renovados a través de la opción personal, que con frecuencia cuesta.
Ahora bien, cuando tambalean las certezas esenciales, la necesidad de valores auténticos se siente de manera urgente: en concreto, aumenta hoy la exigencia de una educación que sea realmente tal. La piden los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; la piden tantos maestros, que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; la pide la sociedad en su conjunto, que ve cómo se ponen en duda las mismas bases de la convivencia; la piden en su intimidad los mimos jóvenes, que no quieren quedar al margen de los desafíos de la vida.
Para una auténtica educación es imprescindible la cercanía y la confianza que nacen del amor: pienso en esa primera y fundamental experiencia del amor que hacen los niños, o que al menos deberían hacer, con sus padres. Pero todo auténtico educador sabe que para educar tiene que darse a sí mismo y que sólo así puede ayudar a sus alumnos a ser capaces de la conquista de la felicidad.
En un niño pequeño ya se da un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y exigencias de explicaciones. Ahora bien, sería una educación sumamente pobre la que se limitara a dar nociones e informaciones, solamente.
De este modo, llegamos al punto que quizá es el más delicado en la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado de la libertad en las opciones entre el querer y el deber y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día tras día en pequeñas cosas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. La relación educativa es ante todo el encuentro entre diversas libertades y la educación lograda es la conquista del uso correcto de la libertad. A medida en que la persona va creciendo tenemos que aceptar el riesgo de la libertad, permaneciendo siempre atentos para guiar en las ideas o decisiones fundamentalmente con nuestro testimonio. Lo que nunca se nos justifica es apoyarlos en los errores, fingir que no los vemos, o peor aún compartirlos, como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano.
La educación no puede prescindir del prestigio que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Ésta es fruto de experiencia y competencia, pero se logra sobre todo con la coherencia de la propia vida. El educador es, por tanto, un testigo de la verdad y del bien: ciertamente él también es frágil, y puede tener fallos, pero tratará de ponerse siempre nuevamente en sintonía con su misión.
La responsabilidad en primer lugar es personal; pero también hay una responsabilidad como ciudadanos de un mismo pueblo. De hecho, las ideas, los estilos de vida, las leyes, las orientaciones globales de la sociedad en que vivimos y la imagen que ofrece de sí misma a través de los medios de comunicación, ejercen una gran influencia en la formación de las nuevas generaciones.
La sociedad no es algo abstracto, somos nosotros, todos juntos, con las orientaciones, las reglas y los representantes que escogemos, si bien los papeles y las responsabilidades de cada uno son diferentes. Es necesaria, por tanto, la contribución de cada persona, familia o grupo social para que la sociedad se convierta en un ambiente más favorable a la educación.
Hoy es nuestra oportunidad de promover y construir una patria nueva, una patria donde los ideales que los padres de la patria defendieron con su sangre, sean nuestro modo de vivir. Por eso no tengamos miedo, ¡EDUQUEMOSNOS PARA LA LIBERTAD, LA IGUALDAD Y FRATERNIDAD! TODAVÍA ES POSIBLE…
Gracias por haberme permitido compartir estas reflexiones con Uds.

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